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Archive for 4 octubre 2012

Vida Practica

“Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. Que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres.”

Tito 3:1-8.

Mansedumbre, es una palabra que no es tan común en nuestros días. Al menos en el sentido práctico, pues en el teórico, está en boca de todos. Libros como “cómo alcanzar mansedumbre”, “El servicio”, que hacen referencia a la mansedumbre y que la mencionan varias veces son muy conocidos, pero pocas veces llevados a la práctica.

 

El Evangelio, si bien es el Bendito y Santo Mensaje, Palabra y Decreto de Dios para Salvación para los hombres, no se queda solamente en Palabras, sino en Poder. Trastorna los cimientos del corazón del hombre, que regulan su conducta, sus pensamientos, su habla, y cada parte y fibra de su ser, hasta hacerlo poco a poco, de Gloria en Gloria a la imagen del Hijo de Dios. Es imposible llamarse cristiano y no haber sido trastornado en éstas áreas de nuestra vida. No es posible ser un “hombre moral” y tomar el Evangelio de Salvación y a Cristo como solamente un accesorio que adorna a nuestra vida, que “carnalmente” ya era correcta.

 

De aquí, que, todo cuanto respecta a la Palabra de Dios, al Evangelio y al contenido Bíblico, debe de afectar nuestras vidas. Ciertas lecturas pueden hacer un efecto meramente sintomático en nuestras vidas. Es decir, que así como ciertos medicamentos alivian solamente los síntomas de una enfermedad y no la enfermedad misma, ciertas lecturas hacen lo mismo, sino es que, en el peor de los casos, disfrazan todas aquellas cosas por las cuales acudimos a éstos libros. El problema, actualmente es tratado podando el árbol, y pintando el fruto, lejos de ser tratado desde la raíz del problema mismo. Y tristemente, son pocos los materiales de lecturas o predicaciones que logran hacer esto.

 

La Palabra de Dios, siempre ha ofrecido una solución a cada uno de los problemas y congojas que aquejan el corazón de los hombres, y brindan fuentes de agua fresca para los que ya son Hijos de Dios. Y para éstos últimos, vez tras vez, El Señor insta por medio de Su Palabra, que la solución a muchos de nuestros problemas es el siguiente: Recordar.

 

La Iglesia de Éfeso había estado pasando por momentos difíciles, la Iglesia llena de amor, a quien el Apóstol Pablo había dedicado la Epístola que bien pudiera llevarse un galardón en cuanto a la introducción más enternecedora y sublime en cuanto al decreto y predestinación de Dios para con Sus Escogidos, ahora pasaba por momentos difíciles. El apóstol Pablo había muerto, hombres de Dios admirables habían servido en ésta iglesia como pastores, ancianos y maestros. La situación actual era triste. Aunque el ritual del servicio era el mismo, su “teología” era la correcta, algo estaba mal. Nuestro Señor siempre hizo grande hincapié en la armonía de lo que hay en el corazón con respecto a lo que hacemos exteriormente. No podemos hacer bien y pensar mal, y tampoco pensar mal y hacer bien. Los efesios, exteriormente podríamos decir que reflejaban a Cristo, pero hubo un momento en que se manifestó la terrible verdad. “Has dejado tu primer amor”, “Ya no me amas tanto como cuando te hiciste cristiano” “¡No me amas a mí ni se aman entre ustedes como al principio!” (RV60, TLA, NTV, respectivamente). No fue un comentario, sino una queja de parte del Dios Todopoderoso. No la hace cualquier persona, sino Aquél que compró a ésta Iglesia. ¿Dignas de ser tomadas en serio? Demasiado. El Señor les dice “¡Mira cuán lejos has caído!”. Un problema, nada ligero, pues provocó un disgusto al corazón del Señor que tanto amó a Su Pueblo. Mas así como Jehováh se indigna, como Él azota, Él también venda la herida (Isaías 30:26). Él insta a la iglesia a “Recordar”. Recordar quiénes éramos, y dónde nos puso el Señor, y seguir de nuevo el primer sendero que nos había marcado, pues nos habíamos alejado de éste, aunque nosotros creiamos seguir una senda parecida.

 

      El Pueblo de Israel es otro digno ejemplo. Al sacarlos del desierto, EL Señor les insta una y otra vez a recordar su esclavitud, su estado anterior en el reino de Egipto y bajo el dominio del Faraón, y que  consideren toda esa misericordia para que sus corazones no se envanecieran de modo que se alejaran del Señor.(Deut 5:15,7:18,8:2,21:7, entre otros muchos)

 

El corazón del hombre tiende a olvidar. A menos que haya alguna cicatriz o marca que le recuerde su estado anterior, será presa de olvido y del envanecimiento. ¡Qué doloroso es que El Señor tenga que herirnos a modo de dejarnos cicatrices para hacernos no olvidar! Tomemos el ejemplo de Mefi-boset, el hijo de Jonathan, y nieto de Saúl. Un hombre lisiado, abandonado en Lodebar (lugar del silencio), con marcas en sus pies que eran difíciles de olvidar. ¿Qué habrá pasado por su mente cuando le dijeron que David, el rey quería verlo? Las tradiciones de aquél tiempo dictaban que lo común era que un rey confirmara su reino asesinando a la familia del rey antiguo o adversario. Pero David no quiso hacer eso. Sus intenciones eran otras. Lejos de ofrecerle un juicio, le vistió con un manto de misericordia. Le convidó a su mesa y lo trató como si fuera su hijo. ¿No ha hecho Dios similar con nosotros? No se sabe si en algún momento Mefi-boset, en algún momento de su vida llegó a envanecerse a modo que su conducta le hiciera olvidar quién era y de dónde venía. Pero La Biblia declara que cuando David regresó de haber sido perseguido por su hijo, Mefi-boset, al salir al encuentro, declara una verdad tremenda “mi familia y yo merecíamos ser muertos”. Sólo necesitaba recordar de dónde venía, debía recordar su condición bajando su mirada y viendo sus pies. De nuevo, recordar fue la solución. (2 Samuel 9)

 

En ésta carta, insta a Tito a que le diga a los creyentes que cuiden su conducta con respecto a las autoridades, y no solamente con ellos, sino con los demás incrédulos. Pablo tal vez recordaba la conducta de los cretenses, mentirosos, como si fuesen vikingos y bárbaros. Y antes que los cristianos de esa isla se inflamaran en ira contra aquellos paganos Pablo les dice una cosa. “Nosotros también éramos en otro tiempo así”. Aquél varón judío-fariseo, con credenciales de excelencia viene a contarse entre la lista de personas de la lista de aborrecibles delante de los Santos Ojos de Dios. El apóstol insta a recordar que así como podemos ver a los paganos, terribles, llenos de maldad y sin una pisca de bondad o virtud (excepto aquellas que Dios mismo puso en nosotros, por Su Inifinita misericordia), de la misma manera nosotros nos llegamos a ver antes de conocer a Dios. No solamente eso, sino que aún más, el apóstol llega a las fibras del ser y del corazón del hombre al hacerlos meditar en un punto más. Que no fue nuestra virtud, ni nuestra bondad (que en realidad no había nada de ello en nosotros) por la que hemos sido salvos, sino por mera misericordia.

 

Lo que Dios desea de nosotros es que siempre tengamos memoria de quiénes éramos, de dónde venimos, y cuál era nuestro estado delante de Él, y que no ha sido nuestra fuerza ni voluntad la que nos ha traído a donde estamos, sino la mera Voluntad, amor y misericordia de Dios. Y que, siendo de ésta manera, éste pensamiento debe de llenar nuestra mente y corazón de modo que “infecte” (por así decirlo) la ciudadela de nuestra vida, el manantial de nuestro ser, para que, cada agua que brote de éste, esté teñido de esta entrañable misericordia para con los demás. Viendo en cada persona un retrato de nosotros cuando no le conocíamos y mostrando así la misericordia que Dios mostró con nosotros hacia ellos. Esta verdad debe de ser la regla que afecte nuestro modo de actuar, pues por lo mismo dice “Palabra fiel es esta, y en éstas cosas quiero que instes con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres.”(verso 8)

 

Es cierto, las personas serán impactadas al ver la Santidad de Dios en nosotros, pero recordemos que la Santidad de Dios no sólo impacta sino asimismo causa temor delante de las personas, pues esa Santidad reflejada, les trae a la memoria al Dios que tanto aborrecen y que, si El Espíritu de Dios les redarguye, les traerá a la memoria un juicio sobre sus vidas. Al ver solamente una santidad en nosotros,  se sentirán autojuzgados, pues es común que al ver a alguien “mejor” que uno mismo, se pregunte qué irá a ser de nosotros. Y si bien Cristo fue el reflejo perfecto de la Santidad de Dios misma, su obra no se quedó ahí, sino que fue más allá, al mostrar servicio y misericordia para con aquellos que vino a salvar. Los pecadores verán a hombres santos, pero no solamente ello, sino que verán a esos hombres santos venir a ellos para servirles, para amarlas y para mostrar asimismo lo que Dios hizo para con nosotros. El evangelio no es algo meramente teórico que solamente cambiará nuestras mentes para bien y nuestra moral en algo bueno. Si en verdad el Evangelio ha saturado nuestra mente y nuestro corazón con una visión verdadera y correcta de Dios, entonces debe necesariamente afectar nuestra mente de manera que nuestra conducta vaya de acuerdo a nuestro pensamiento. Y si ese pensamiento en realidad es el correcto, no será pasivo, no se quedará solamente en el “yo”, y por “yo” me refiero a la conducta moral que tengamos, sino que afectará de modo en que queramos ser siervos de los demás, ya sea de los santos y aún mayormente de los incrédulos, pues ante esas penumbras es necesario que llevemos la Luz que El Señor hizo resplandecer en nuestros corazones.

 

Si como Cristianos, simplemente estamos penetrados en la iglesia, y buscamos solamente rodearnos de santas compañías, es decir, miembros de la iglesia y del cuerpo de Cristo (que es algo hermoso, como lo dice la Palabra de Dios), nos estamos engañando. Es menester nuestro el ser sabios y saber dar tiempo a cada cosa. A Dios y a los santos debemos darles un momento y un tiempo para edificación mutua, pero debemos recordar que, mientras que la Luz del Señor no brille en éste mundo en Su Venida, así como Cristo dijo que “mientras Él estaba en el mundo, luz era del mundo” (Juan 9:5) debemos serlo nosotros también. Nosotros somos Cristo en ésta tierra, somos la sal y la luz, y ésta luz no va a alumbrar entre las demás lumbreras, sino en medio de las tinieblas que intentan devorar a éste mundo. La Sal debe de estar entre aquello que buscamos que no se corrompa. La Palabra de Dios nos insta a buscar la comunión con los que de corazón limpio invocan el nombre del Señor (2 Timoteo 2:22), y esas deben ser nuestras mayores amistades, aquellos con quien debemos buscar estar para nuestro crecimiento personal, pero en el trabajo, en nuestras escuelas y otras áreas de nuestra vida, debemos recordar que es necesario ser lumbrera, y no engañarnos a nosotros mismos buscando la comodidad para nosotros. Si en verdad hemos muerto a nosotros mismos, debe habitar el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, quien se hizo siervo (esclavo) de nosotros, por amor a nosotros. En nuestro corazón no debe de haber cabida para nuestra autosatisfacción antes que al servicio de los demás, de los que recién han llegado a conocer al Señor (para ayudar su crecimiento) , así como para aquellos que no le conocen en lo absoluto. Debemos no ser egoístas y considerarnos a nosotros y nuestro antiguo estado, y aprender a reconocer en aquellos débiles y también con los ignorantes  lo que fuimos en algún momento, y procurar dejar de buscar nuestra satisfacción personal, para así, llevar a cabo lo que hubo en el corazón de Dios al enviar a Su Hijo.

 

Recordemos para finalizar, que sin obras, la fe, simplemente está muerta.(Santiago 2:17)

 

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